“El Republicano Uruguayo Manuel Flores Mora” “MANECO”

Cuando pensamos en Manuel Flores Mora, lo hicimos sin tener un gran conocimiento sobre su personalidad y trayectoria, aunque lo reconocíamos como una figura muy representativa de su época en el ámbito periodístico.

El objetivo estaba puesto en los artículos que, sobre la base de asuntos de actualidad, publicó en los últimos meses de su vida, cada viernes, en la contratapa de “Jaque”, el semanario que fundó su hijo, Manuel Flores Silva, en 1983.




Como en una síntesis, fuimos descubriendo su visión de la historia del país contada de una forma muy especial, casi coloquial, aunando una diversidad de temas, a través de un discurso chispeante, brillante, que parece surgir de un manantial profundo e inagotable.

Si su faceta periodística fue lo que nos animó a desarrollar la indagación, en su transcurso se nos fue revelando un personaje “riquísimo”, que con su fina pluma, desde estas contratapas, nos dio una lección de amor que hizo pensar e iluminó el conocimiento.

Particularmente nos atrajo de esta obra su fidelidad al espíritu de la libertad, y la sostenida honradez intelectual con que la defiende, sabiéndola ligada, como nos interesa hacer hincapié, a los valores de la paz, la justicia y la responsabilidad, con un sentido clásico, arraigada a la tradición, muy diferente al preponderante en la Generación del ’45, con la que se lo vincula en general, más bien por razones de época y cercanía, como luego veremos.

Esta actitud queda claramente ilustrada en Uruguay, hora de la verdad, contratapa de Jaque del 27 de julio de 1984, donde en la cuarta columna describe con estilo polémico, rebatiendo a los militares aún en el poder, el papel fundamental que le reconoce al Derecho:


“Adentro del Derecho, bajo el Derecho, todos somos, o podemos llegar a ser, seres humanos. Fuera del Derecho, apenas animales. Reptantes algunos; carniceros, otros. Babosos o salvajes, pero animales.

“A nosotros cuadra elegir si nos consagramos a la tierra y su mugre con la totalidad de la vida. O si preferimos, puesto que tierra somos y tierra hemos de ser, orientarnos con lo mejor de nosotros, hacia la fraternidad solidaria donde nos levantemos, siquiera sea chapaleando, en procura de una dignidad distinta a la de las lombrices o los topos.

“Sólo en el segundo caso, cuando polvo volvamos a ser, podremos decir (como Quevedo dijo y antes de Quevedo, Propercio) que hemos advenido a la calidad de cenizas con sentido. Y que polvo somos. Mas polvo enamorado.”

Este núcleo espiritual, que implica la libertad, se me ocurre emparentarlo con el del maestro Eduardo Couture, jurista uruguayo de excelencia, quien definiendo el epicentro de su actividad intelectual y de sus motivaciones personales decía:

“En el ansia de libertad debe, pues, estar el punto de partida de todas mis páginas”. Couture pensó en la abogacía como una actividad que se ejerce pensando, puesta al servicio de la justicia, teniendo siempre fe en la libertad, ya que sin ella no hay derecho ni justicia ni paz.

Del lado del Derecho privilegió Couture esos valores; en el ejercicio de su profesión periodística y en toda su vida, de manera muchas veces polémica, el inefable Maneco.

Los conflictivos años de la salida de la dictadura, en los cuales se inscriben las contratapas de Jaque, inspiran una y otra vez su discurso en este sentido, y lo inflaman desde una perspectiva alejada de todo sectarismo o partidismo, firmemente arraigada en la persona humana libre, y su dignidad como tal, y reivindicando esos valores para la tradición política uruguaya, que tuvo a bien integrar.

Nos interesa destacar cómo, en estos textos, al hablar de la libertad, la describe básicamente como un respeto esencial, total, sin mengua posible en ninguna circunstancia, presente en la enseñanza y el ejemplo vivificador de Artigas, de donde se derrama como un don para nuestra patria.


En la separata de Jaque del 15 de febrero de 1986, a un año de su fallecimiento, aparece un estudio sobre “Los secretarios de Artigas”, donde habla del tono característico de los documentos Artiguistas, y resalta (Pág. 15, 1ª. Columna) cómo en los mismos “impresionan la decisión y el coraje”, y que “parecen colocarse, con santa ira, con convicción irremovible en la fe de la causa, por encima del contendor.”


Y en la contratapa de Jaque, del 1º de noviembre de 1984, titulada Cuando quedarse callado equivale a mentir (3ª columna), explica cómo el legado artiguista excluye totalmente la venganza:

“… En su supremo homenaje digamos, no obstante, que ni los soldados de Artigas en Las Piedras, ni los de Rivera en Cagancha, ni jamás en ninguna parte las milicias orientales, soñaron con matar ni salieron a matar. No los movía el odio sino la pasión de la libertad. Por eso vencían y, después, perdonaban a los vencidos, como en Las Piedras o en Cagancha.” Y agrega entre paréntesis:

(La pura tradición de las armas orientales ha sido, en la historia, no inculcar el odio para repartir la muerte y matar al enemigo sino sembrar la libertad para servir a la vida).”


En la contratapa del 29 de junio de 1984, titulada ¿Qué es la democracia, papá? (4ª columna) profundiza en el tema:

“…. Aquí lo necesario es la libertad. Lo necesario es la democracia completa. La tarea no es siquiera explicarlo. Es hacerlo posible. Y puesto que la prueba es de fuerza, hay que hacerlo posible por la fuerza. (Fuerza no quiere decir violencia. Cuando digo fuerza no digo fuerza física, no digo fuerza bruta, no digo violencia.)


Hablo de la fuerza del Gandhi, de la fuerza de Artigas, de la fuerza de José Batlle y Ordóñez. Hablo del ningún paso atrás y de la intransigencia en los principios.

Hablo del ‘con la razón –ya que no con libertad– ni ofendo ni temo’. Ni aflojo.”


En la contratapa del 3 de agosto de 1984 (bajo el título Rueda libre en el juicio de Wilson preso, Pág. 35, 1ª columna), es aún más explícito:


“… Y respecto del cual la ley suprema tiene que ser forjar un lugar de dignidad para cada uno de los que conforman, sean quienes sean y piensen como piensen, la Nación.

“De otro modo: lo primero será respetarnos. Esto tenemos que entenderlo todos, los civiles como los militares, los exilados como los residentes, los políticos, los presos y los sueltos (que a veces estamos imperdonablemente presos de otras cosas), los solteros, los casados y los que con una tabla entre dos ruedas, tirada por un caballito lastimoso, juntan trapos y papeles en las madrugadas, cuando los ruidos resuenan como campanas en el fondo vacío de la calle.

“Es así. El primero que lo vio (y que lo reclamó) en este país se llamaba Artigas, nombre que suele frecuentar las bocas de muchos que lo desmienten en los hechos. Un pueblo tiene dos maneras de vivir: bajo ‘la veleidad de los hombres’, decía Artigas, esto es, bajo gobiernos de facto. O bajo ‘las garantías del contrato’, esto es, bajo una Constitución por nadie impuesta y libremente consentida: estado de Derecho.”

Nacimiento y Vida.

Todavía estaban los militares en el gobierno.

Maneco, como lo conocían tanto sus amigos como sus adversarios, nació el 4 de setiembre de 1923, aquí, en nuestra Montevideo. Era hijo del doctor Manuel Flores y de María de los Ángeles Mora Otero. Contrajo matrimonio con María Zulema Silva Vila, con la cual tuvo cuatro hijos: Manuel, Felipe Andrés, Pablo y Beatriz María.

Cursó estudios de Humanidades y de Derecho y Ciencias Sociales, habiendo interrumpido estos últimos cuando le faltaban sólo dos exámenes para doctorarse, debido a la intensidad y dedicación que le dio a su actividad política.


Interesa seguramente saber que fue alumno del Liceo Francés (compañero allí de Carlos Maggi y de Emir Rodríguez Monegal), e ingresó tempranamente al mundo de las letras y enseguida se destacó por la fecundidad de su pensamiento, la sutileza de su estilo, la lógica de su razonamiento.


Desde muy joven lo apasionó la historia, y se dio a conocer por sus estudios históricos, como ayudante de investigación del Archivo Artigas. Sus trabajos de historia recibieron distintos premios, y culminaron con las publicaciones realizadas en ocasión del centenario de la muerte de Artigas.

De algún modo, me dicen que lo menciona en alguna de las contratapas de “Jaque”, pero no pude encontrarlo, Maneco sentía que la historia corría por sus venas, por ser descendiente del Gral. Venancio Flores, controvertido protagonista de nuestra historia, hecho que también parece azuzar sus ansias de respeto y comprensión, y encuentra en la trayectoria de Artigas una fuente inagotable en este sentido.

Su amor por la historia, y el valor que le asigna a la tradición, que considera fundamental para todos los hombres y los pueblos, y que en el caso de la uruguaya lo alimenta, encontró en los años difíciles de la dictadura un firme consuelo en sus visitas a la Biblioteca Nacional. Así lo consigna en la contratapa del 23 de diciembre de 1983, Derecho patrio: sin censura previa, Pág. 8, 1ª columna:

“Yo voy a la Biblioteca Nacional porque ahí el país no falta nunca. Si se me permitiera el mal gusto de un coloquialismo cafetero, diría que el país “para” en la Biblioteca Nacional. Desde siempre, como no imaginó Larrañaga pero sí lo intuyó Artigas.”

Escribió conjuntamente con Carlos Maggi “José Artigas-Primer estadista de la revolución” y fueron premiados por la Universidad de la República en al año 1940. Este trabajo fue publicado posteriormente por la Universidad y sirvió como texto de estudio en los años siguientes.

También se aficionó a la literatura. Fue durante toda su vida un gran lector, y como tal se integró a la barra del café Metro, sobre la calle San José, a la altura de la Plaza Libertad, que pasó a ser el núcleo de la así llamada “generación del 45”, sobre la que volveremos.

A este respecto, en la contratapa recién citada, en la misma columna, un poco antes, escribe:

“Pertenezco a la generación del Café Metro, que otros llamaron, mal, generación del 45. En realidad no era una generación sino, más módicamente, una barra. Cuando la tradujeron a culturología, aquella sonaba demasiado a muchachos y a esquina. Nos ortega-gassetizaron, con lo de generación. Y como lo temporal lleva a lo temporal, terminamos con fecha, como los vinos. Nos transformaron en el 45, cifra que en todos lados es calibre de Colt, pero que aquí en Uruguay pasó a ser un hito, hasta ahora no he sabido porqué, de historia de cultura.”

Pudo haber triunfado como escritor o como intelectual reflexivo, y de esta época guarda una novela “Alba de Tormes”, tres obras de teatro, “Casandra” drama en 5 cuadros divididos en 2 partes, donde el autor se apoya en el relato homérico; “El Senado”, en cuyo ambiente polémico él vivió varios años y una tercera que se llama “Trastamara o el límite” y transcurre en el tiempo de Doña Juana la Loca.

También cuenta en su haber con otros escritos de los que solo se conocen breves cuentos pero suficientes para dar clara idea de que a pesar de que su vida transcurrió entre la política y el periodismo, siempre conservó intacta la vocación literaria, que él consideraba vital para el desarrollo humano como tal.

Esto lo expresa Maneco meridianamente en una entrevista que le realizara Graziano Pascale el 21 de diciembre de 1984 para el Semanario “La Democracia”:

“La literatura no es un oficio: es una Arte. Me ha encantado siempre. Y creo aquello de que el idioma es la patria del hombre. Aprender a decir es una de las maneras de aprender a sentir. Creo en la literatura como expresión suprema de la cultura humana. En ese sentido creo que todos tenemos que hacer literatura; no se puede vivir de espaldas a lo que es una de las dimensiones más altas del hombre”.

En 1942 aparece el primer número de la revista literaria “Apex”, la cual fundó junto a Carlos Maggi y en la que participaron también Ruben Larra y Leopoldo Novoa.

Entre 1947 y 1950 participó con ciudadanos de la talla de Real de Azúa y Martínez Moreno del lanzamiento de la revista “Escritura”, en compañía de Carlos Maggi, Julio Bayce y Hugo Balzo.

Había escrito poemas, novelas, obras de teatro, como lo señaláramos antes, y hasta guiones radiofónicos. Habría seguido en esa línea literaria ascendente si una mañana no lo llama Luis Batlle para invitarlo a trabajar en “Acción”, donde se le abriría también el camino político.

Apasionado por esta manifestación del arte, que es la literatura, resolvió un día conjuntamente con dos legisladores, Julio María Sanguinetti y Luis Hierro Gambardella, presentar un proyecto de ley en homenaje a Delmira Agustini. La Exposición de Motivos decía: "Los legisladores firmantes de este Proyecto de ley entienden innecesaria toda justificación de motivos, al recoger una acertada iniciativa de 'Amigos del Arte'. La voz y el alma de Delmira Agustini constituyen sin duda una de las glorias más altas y puras del país..."

En el periodismo había comenzado haciendo crónica parlamentaria en “El Diario” de la noche. Desde muy joven dirigió la página literaria de Marcha” y empezó con la serie de sus “Contratapas”. Escribió luego en “El País”, como “Salvaje”, y llegó a “Acción” donde fue subdirector. En los años de la dictadura militar, cerrado el diario “Acción”, escribió en “El Día”, y en “Radical”, semanario fundado por él mismo en 1982 y luego, a partir de fines de 1983, las contratapas de “Jaque” y otros artículos en el mismo semanario, donde su arte y su oficio ya legendarios, brillaron con su coraje cívico y su agudeza desentrañando los absurdos del gobierno militar.

“Yo empecé mi vida periodística cuando un diputado, tío mío, Carlos Alberto Mora, me llevó a “El Diario” de la noche y me presentó a ese sensacional periodista y esa alma encantadora que es Carlos Manini Ríos. De allí pasé a “Marcha” después que Carlos Quijano leyó algo que yo escribí y me mandó llamar desde “Acción”. Y Don Carlos Scheck, el padre, me mandó llamar para que escribiera en “El País”, yo le dije Don Carlos soy colorado, en “Marcha” escribo porque como lo hago sobre temas nacionales puedo hacerlo permanentemente aclarando que soy batllista, pero en deportes, ¿que puedo hacer? Si me deja firmo “El Salvaje”, que era como los blancos nos decían a nosotros”.

Maneco era capaz, como llegó a hacerlo, de hacer un semanario en la tarde y de leer, subrayar y recortar cada mañana la prensa nacional y cinco o seis publicaciones del exterior.

En gran parte de los medios en los que trabajó escribió de todo, de política naturalmente, pero también de literatura, fútbol, asuntos internacionales y perfiles humanos.

Podemos decir que todos los temas entorno a los cuales desarrolló su vida estaban muy mezclados. Siempre hacía política hasta cuando escribía poesía.

Cuando hacía política o periodismo recurría permanentemente a la historia. Le decía (a Graziano Pascale, en entrevista del 22.12.84 para el Semanario "La Democracia"):

"¿Qué hombre puede hacer política si no siente la historia?" Y:

"¿Cómo podrías entender la historia si no te importara la política?". Y también:

"¿Qué es la política, qué es la historia, sino el acontecer general de un país?"

Es notable esta fuerza espiritual, que le permite una visión tan profunda y amplia, que abreva sin cesar de la fuente común del humanismo clásico, que entiende al hombre y a la historia y a todos los saberes y aconteceres integralmente.

Maneco el político.

Desde muy joven abrazó la causa y los ideales del Partido Colorado, y muy particularmente del Batllismo. Por su fuerte personalidad se sumergió en la actividad política en forma constante e infatigable.

Formó parte, en la década del 50, de una brillante generación de diputados que tuvo la Lista 15, integrada por Amílcar Vasconcellos, Luis Tróccoli, Zelmar Michelini, Alberto Abdala, Glauco Segovia.

Fue electo diputado en las elecciones de 1954; asumió como representante nacional el 15 de febrero de 1955, ocupando una banca por Montevideo durante tres períodos consecutivos.

Es electo senador de la República en 1967, cargo que abandonó para ocupar la cartera de Ganadería y Agricultura el 11 de marzo de 1967 y la de Trabajo y Seguridad Social el 2 de mayo de 1968, habiendo ocupado esta última por escasos días renunciando al cargo 13 de junio de 1968 a raíz de su tenaz oposición a las Medidas Prontas de Seguridad, lo que demuestra que siempre actuó con rectitud, coherencia y nunca abandonó sus principios. .

En la actividad parlamentaria integró por años la Comisión de Hacienda de la Cámara de Representantes, representando a la bancada colorada con destaque y singular brillo, habiendo legislado y participado de numerosos debates, que aún hoy son recordados por los memoriosos y son ejemplo para las nuevas generaciones, dada la fogosidad, temperamento y profundidad que sólo él podía darles. Quizás el más recordado de todos sea el debate que se desarrolló al aprobarse la reforma cambiaria y monetaria en el año 1959, a la que se opuso tenazmente durante todo el tiempo en que estuvo a estudio en comisión, y por su discurso de cinco horas cuando se aprobó la misma.

Fue un gran legislador, autor de numerosas iniciativas legislativas, de las cuales traemos para el recuerdo la Ley de Consolidación de Deudas a Productores Rurales e Industriales, que permitió que millares de pequeños productores rurales se salvaran de la crisis de precios que reinaba en ese tiempo.

Representó también al país en Naciones Unidas en el año 1957 durante el desarrollo de su XIII Asamblea General. Ocupó hasta 1972 su banca de senador de la República e integró la Comisión de Fomento de esa Cámara.

Tanta pasión y fervor puso a su vida, que lo llevó a batirse a duelo en dos oportunidades en el año 1970.

Integró la fórmula presidencial Dr. Amílcar Vasconcellos -Manuel Flores Mora en el año 71.

Fue electo convencional del Partido Colorado en las elecciones internas de 1982.

Sentía una particular admiración por don José Batlle y Ordóñez y destacaba, por su profunda vocación periodística, al Batlle periodista diciendo: "El periodismo fue la más formidable arma de lucha en manos del Maestro. La usó como un ariete formidable contra la injusticia, como un arma terrible contra el privilegio, como un instrumento decisivo contra la regresión".

Una mención aparte - La generación del ’ 45 -

“Seguramente nunca tuvo el país una generación más brillante que la llamada del 45. Integrada en su mayoría por escritores, ejerció una rectoría intelectual que aún persiste.

….

”Todos sus integrantes … despedían un brillo propio…Publicaban revistas literarias, daban conferencias, escribían en Marcha, que era la nueva Biblia. Sus palabras salían como de la boca de Dios, sus opiniones eran ilevantables, sus críticas certeras”.

….

“El de bigote y ojos que revoloteaban tras las pocas mujeres que se animaban a beber café en público, era Carlos Maggi. El de al lado, que discutía en alta voz y gesticulaba, Manuel Flores Mora, al que todos llamaban “Maneco”. El pelado de aire doctoral era nada menos que Ángel Rama, el Gran Sacerdote de la crítica literaria, solamente comparable en su prestigio a Emir Rodríguez Monegal, a quien nunca vimos. La mujer con aire ausente la poeta Idea Vilariño. El más flaco y más tranquilo, Carlos Real de Azúa, el mejor ensayista de aquellos años. El de cabeza grande, el doctor Carlos Martínez Moreno, una pluma más que brillante. El de aire apaisanado, el cuentista Mario Arregui. El gordito que hacía chistes, Mauricio Muller, la pareja inseparable, José Pedro Díaz y Amanda Berenguer. El alto, el pintor Invernizzi a quien llamaban Tola y de quien se comentaba que tomaba cerveza en vasos de caña y caña en vasos de cerveza”.

Ésta es la descripción del periodista César Di Candia, que era bastante menor que ellos, y los miraba de afuera. Pero Carlos Maggi, que la integraba, sostiene que este tipo de generaciones no existen, que son creadas por quiénes las miran. En este caso sus integrantes simplemente acudían al café Metro y no tenían sensación colectiva. Es lo mismo que afirma permanentemente el propio Maneco.

Sin embargo, esta Generación del ’45 surgió de veras, quizás por la ausencia de escritores profesionales y de editoriales en un país próspero donde las condiciones históricas, económicas y sociales propiciaron el auge de los intelectuales.

Los integrantes de la así llamada Generación del 45 se reunía en el café Metro, discutían de filosofía, de arte, de literatura, en un ambiente donde la posición política de cada uno importaba muy poco y de ella no se hablaba ya que era un tema poco apreciado.

Con respecto a la política vivían en general encerrados en una burbuja sin contaminarse con los grandes temas (políticos y estructurales) del país. Así los definía María Inés Silva: “Eran insoportables y fascinantes, su mayoría aspirantes a escritores y necesitaban las apoyaturas exteriores que da la bohemia más o menos declarada — el pelo largo, el tonito impertinente, el cigarrillo y la despreocupación en el vestir— para tirarse al agua o mejor dicho, a la tinta impresa. También necesitaban probar sus armas en un permanente escarceo verbal bastante deslumbrante y no exento de petulancia”

Maneco y Maggi eran los más jóvenes del grupo, no tenían mucha formación literaria, solo habían leído a los clásicos, los autores que se aprenden en secundaria. Un día Onetti les apuntó en una servilleta los autores que debían leer.

"Maggi me habló con gran entusiasmo de El Pozo y de Onetti y de la lista de libros que les recomendó y que escribió prolijamente con letra de imprenta en una servilleta de papel en el Metro. Creo recordarla bien: El tiempo del desprecio y La condición humana de Malraux, Las palmeras salvajes de Faulkner, Adiós a la armas y Fiesta de Hemingway, Viñas de Ira de Steinbeck, Nuestra América de Waldo Frank, Manhattan transfer de John dos Passos, El financiero, de Dreiser, Calle mayor y Babbit de Sinclair Lewis y Winesburg Ohio de Sherwood Anderson"

Luego de la recomendación, ambos fueron a la Biblioteca Nacional, leyeron de corrido los libros que tenían en la Biblioteca y a partir de allí, como si se tratara de un rito iniciático, quedaron totalmente transformados desde el punto de vista intelectual.

No es fácil meterse hoy dentro de las entrañas de la Generación del ‘45. Mucho menos entender sus discrepancias. Llegó un momento en que se dividieron en "lúcidos" y "entrañavivistas". Ambas eran formas de encarar los problemas de la época. Los "lúcidos" se encontraban de cierto modo en torno a Emir Rodríguez Monegal que dirigía la página literaria de Marcha, la cual era un centro de poder muy importante. Eran los enterados, los refinados, los borgianos.

Y hubo otro grupo que predicó que la importancia de la literatura se encontraba en la entraña viva, en la vida, en la realidad de los hechos cotidianos. Más cerca de la cosa política, que era como ensuciarse las manos, que de la pureza. Por eso se les llamó "entrañavivistas". Y escribían en realidad de modo diferente. Dentro de ellos se encontraba, naturalmente, Flores Mora.

El problema tenía que ver con cómo debía encararse la literatura con relación a su entorno.

La Generación del 45, se trató de un grupo de intelectuales de extrema brillantez, que no tuvo temor a desmitificar los falsos ídolos que venían detrás y que además manejó una erudición y una capacidad crítica formidables. Podríamos decir, que en este encuadre Maneco Flores Mora se empeñó en reivindicar todos los valores tradicionales desde la más amplia perspectiva.

El Quijote de la lucha política y social

Lo más destacado periodísticamente hablando de Flores Mora, fueron sin lugar a dudas sus célebres contratapas, en “Marcha” primero y luego las de “Jaque”.

“Jaque y el resto de los semanarios empujaron a la gente diciendo cosas que hasta ese entonces no se podían decir y que tuvieron un gran sentido espiritual para la reconquista de nuestra democracia”

Convirtió esas páginas semanales en una lección y en un placer intelectual. Su pasión ética, su voluntad de imponer a los demás la vía de la pacificación, del respeto por los modos de la convivencia, están insertos en un lenguaje que le era propio.

Sus artículos de condena a la dictadura, a la arbitrariedad, significaron mucho para ese Uruguay que buscaba en la oscuridad un camino de luz.

A finales de la dictadura en las contratapas de "Jaque" se destacan sus agudísimos juicios sobre el proceso, ya en ese momento decadente, agonizante de la dictadura militar.

“Hay un escalón existente entre las manifestaciones democráticas, tomando las palabras en el sentido habitual que siempre le dimos los uruguayos y la mentalidad que inspira los Actos del Proceso. Es decir los desenfoques, las miopías, las arrogancias del Proceso.

Esa mentalidad, esa diferencia de mentalidades entre el país por un lado y el Proceso por otro, es lo que mantiene trabada a La República. Sobre todo porque el Proceso no sabe, o no termina de comprender que el país es una verdad permanente y él, el Proceso, apenas un conjunto pasajero de errores”

Contratapa del 2 de marzo de 1984. “Los iguales idiomas distintos”

“Debajo de un gobernante no hay nadie, éstos no están para mandar sino para respetar y para servir a todos. Encima de un gobernante de los que las Fuerzas Armadas llaman “superiores”, están los superiores de todos: el soberano”

Para alguien que le gusta la lectura, leerlo era un verdadero placer. Antes de comenzar a leer uno preveía la satisfacción que encontraría en esa lectura. Una vez escribió una frase, maravillosa y a la vez, lapidaria. Decía Flores Mora:

"La justicia militar es a la justicia como la música militar es a la música".

De entre las sombras de la dictadura fue proscripto combatiente por la libertad y defensa de los derechos humanos mostrando en esos años el magisterio del periodista que pone lo mejor de su ingenio y de su hondura para contribuir a que el país rescate sus valores cívicos y morales.

“La justicia militar ha terminado transformándose en un resorte de la distorsión de la realidad. Entre el país y la libre normalidad de su destino, aparece la justicia militar interpuesta.

Lo que haya que decir a este respecto hay que decirlo ahora, porque se debe y se puede hablar, porque no hay que otorgar. Y porque sino tendríamos que callarnos para siempre y no quiero”

Una mirada personal hacia la obra de Flores

La muerte de Maneco tuvo un sentido simbólico ya que fue uno de los tantos luchadores contra la dictadura poniendo su corazón y su mente al servicio de la causa democrática y lamentablemente no tuvo la suerte de ver el parlamento restablecido ya que su vida puso fin el 15 de febrero de 1985.

Él nos enseñó que las grandes ideas y los principios no son patrimonio de hombres, grupo o partido alguno sino que pertenecen al tesoro cultural político de nuestro pueblo.

Heroico, idealista, Manuel Flores Mora asumió el riesgo de vivir, en lo esencial, para los otros.

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