La raza negra uruguaya, entre el candombe y la discriminación

Una y otra vez quien esto escribe ha insistido en que tomemos en serio el África, dada la trascendencia mundial de su rica humanidad.


Y, paralelamente, a la memoria rogando y con el mazo dando, pide y repite que estudiemos con seriedad el ser y el quehacer de las múltiples etnias del mal llamado “Continente Negro”; que sepamos estimar las riquezas de toda índole que esa gran artesa geográfica atesora en sus tierras, en sus aguas y en sus gentes; que procuremos interrogar la peripecia existencial de los camelleros que nomadizan por deslumbrantes desiertos, de los cazadores y plantadores de las sabanas y de las tribus escultoras de la madera que se esconden en “el corazón de las tinieblas”, como dijera Conrad al referirse a las selvas húmedas y tórridas.



Que equilibremos nuestro interés por los hoy llamados pueblos originarios con la importancia que ha tenido el legado de los esclavos africanos y sus descendientes criollos en la formación de nuestra idiosincrasia y la construcción del espíritu nacional uruguayo; que mas allá de lo pintoresco y folklórico de la comparsa y sus tamboriles, merecedores de nuestros aplausos en el carnaval, se inaugure una cátedra de estudios africanistas en la Universidad de la República para indagar, con rigor científico, la misión y el destino de los descendientes de los esclavos a lo largo del tiempo y a lo ancho del espacio uruguayos.


Y finalmente, que sin dejar de lado el microscopio etnográfico recurramos, como dijera Levy-Strauss, al telescopio etnológico que compara e interpreta, procurando descubrir, tras el “color local” de las etnias melanoafricanas y las cuerdas de tambores que atruenan las calles del Barrio Sur, aquellos universales de la cultura que ilustran y confirman una tenaz continuidad histórica.

Si no acuñamos claros conceptos y sistematizamos veraces conocimientos acerca de los pueblos africanos de los que la mano larga del negrero extrajo sus “piezas” – nombre cosificador y denigrante si los hay- es imposible tener una visión plenaria del rico patrimonio por ellos acarreado y que, sistemáticamente, se olvida, ignora o desdeña por un cuantioso sector del pueblo uruguayo.


El indio, inexistente hoy en nuestro suelo -si bien sus genes, preponderantemente guaraníticos, navegan cuerpo adentro en miles de uruguayos, entre los que yo me incluyo- ha sido indagado con interés y a veces exaltado con etnocéntrica exageración terruñera. La prehistoria y la etnohistoria de la población indígena fueron tratadas, felizmente, con la necesaria seriedad científica en la mayoría de los casos. No obstante algunos espíritus románticos – llamémoslos, sin desden, de tal modo-, han inventado, en procura de arcaicas identidades y prestigiosos arraigos, una mítica Charrulandia.


Y muchos de esos “indios redivivos” – no importan sus ojos azules y sus celulares de última generación- se dicen charrúas sin más, obedientes a subjetividades y etnicidades fantásticas, que la farándula del New Age certifica y celebra. Lo malo y pernicioso es que este neo-racismo se ha empezado a colar en los textos escolares mientras que, al compás de la ofensiva de la sinrazón, encendidos misioneros recorren el país “rescatando” las presencias y preeminencias de la “raza” charrúa que, según ellos, ocupaba todo el territorio en tiempos de la conquista.

Sin duda no han leído los libros donde el documentado antropólogo Diego Bracco demuestra que, cuando llegaron los españoles, la mayor parte del territorio estaba ocupada por minuanes, indígenas de origen patagónico de los cuales ninguno de estos biznietos de caciques charrúas – no van por menos- se proclama descendiente. Miremos ahora en nuestro derredor. Los indigenas terruñeros han desaparecido; los negros viven y luchan, están entre nosotros, han conservado la presencia demótica y cultural que siempre tuvieron en la formación de nuestra nacionalidad. Pero lo cierto y lamentable es que el mundo del negro uruguayo ha sido relegado por el imaginario colectivo al tratamiento sesgado y lateral del periodismo, al devaneo folklórico, al culto carnavalesco del tamboril y al desfile de los desvaídos relictos de un drama sagrado, subsistente, pero ya profanizados, si así se puede decir, en el despliegue cautivante del candombe. Pasado el carnaval a los negros se les baja de la azotea al sótano.

En estos pagos cambia la terminología socarrona hacia los negros pero no la actitud despectiva de los que van por el mundo con la nariz levantada. Tales actitudes, por demás frecuentes, confirman en el terreno del trato diario, que nuestra mentalidad novelera ha preferido la cáscara pintoresca al grano de un gran legado ancestral. Dicho “rico patrimonio” , y empleo las palabras de Artigas, mas amigo de los negros – ellos jamás lo abandonaron- que de los indios, yace escondido en la caja de resonancia de culturas sumergidas de las que, con el correr de los decenios, se hace cada vez mas problemático su reflotamiento.

Lo anteriormente dicho se limita al campo de experiencia del nivel popular, pues en los dos últimos decenios se ha acentuado el tratamiento, en la mayoría de los casos bien documentado, de lo que equivocadamente se llama el mundo afro. Ya no hay africanos entre nosotros. Son criollos – esto es, criados aquí - con ascendencia africana. Y aún con decir uruguayos, basta.

Partamos de este simple y parejo tratamiento para evitar la invención de identidades fantasmagóricas. Bueno sería que los descendientes de vascos, como yo, mientras mis compatriotas negros no hablan ninguna de las lenguas de sus antepasados, nos proclamáramos exclusivos hijos de Iparralde. Somos todos hijos del país, y punto.

Dejando de lado este detalle , no tan banal por cierto , lo positivo es que la presencia y valencia de los negros uruguayos ha sido abordada en este último tiempo por parte de universitarios y estudiosos solventes que refrendan la evocación afectiva con la autorizada asistencia de las ciencias sociales y humanas. Las vidrieras de las librerías han sido invadidas por una sorprendente profusión de publicaciones acerca de nuestras negritudes. Son el producto de una bienvenida tarea intelectual – y yo me animaría a decir que también moral- emprendida por investigadores nacionales, entre lo cuales se ha entreverado algún bienvenido extranjero.

De tal modo se ha puesto en marcha un positivo movimiento que, mano a mano con el espíritu científico, apunta a la reivindicación ética y cultural de compatriotas todavía discriminados y excluidos. Hay que terminar con eso del “negro de ¡mierda!”. Quien así destrate a su semejante y hermano de especie se está insultando a sí mismo como individuo y como persona.

La línea de color

El rescate de los usos, costumbres y dispositivos materiales de los pueblos africanos, cuyos integrantes mas fuertes y jóvenes fueron esclavizados e introducidos en nuestro país durante el período colonial y republicano, permitirá situar en el mapa de la cultura las visiones del mundo, las ceremonias sagradas y profanas, las prácticas sociales y los modos, géneros y niveles de vida de aquellos desdichados prisioneros.

El menosprecio vertido sobre los pueblos considerados sin historia, fruto de la ignorancia y la soberbia de las antiguas clases dominantes de la colonia y los negreros criollos reverenciados como próceres -Maciel, Magariños, García de Zúñiga, Salvañach y Berro, entre otros- impidió el conocimiento de las culturas trasterradas, deformó nombres tribales y, sobre todo, desestimó los valores humanos existentes pero no advertidos en el ser y el hacer de aquellos infelices. Esta distraída, y por ende ideologizada actitud, cobró alas porque solo se tenía en cuenta lo meramente utilitario y no la noble sustancia escondida en el oscuro revoltijo de unas pobres gentes vencidas y humilladas.

Actualmente, y de la misma manera, la utilería de las comparsas es objeto de menciones y consideraciones emanadas de nuestro occidentalismo umbilicalista, sin reparar que en la retaguardia espiritual de esa parafernalia no solo sufrían los hombres sino que también dormían los dioses y se reencarnaban los mitos.

Comparsas, llamadas y cuerdas de tambores

Los negros cobraban presencia festiva, ante el regocijo y burla de los señorones, en los eneros de Papá Baltasar, cuando se revivían algunos aspectos, los de la inversión de papeles que caracterizaron, claro que en otro universo histórico y simbólico, a las Kroniai y Saturnalia del mundo grecorromano. Galeras, levitas, galones, medallas y dignidades prestadas le otorgaban a la fiesta un tinte caricaturesco que, en vez de liberar momentáneamente a los servidores de su triste condición, al vestirlos como los amos y ser objeto de (aparentes) distinciones por las autoridades, los degradaba aún más, ridiculizándolos de un modo perverso. Los negros no eran todavía los coloridos y estridentes animadores del carnaval como lo han sido desde hace mas de cien años.

Recién en el último tercio del XIX se incorporan a este supremo juego de identidades trastocadas, desenfrenos violentos y mitologías encubiertas como son las mascaradas. Momo, la hija de la noche, personificación de la burla y el sarcasmo con los que se ridiculizaba y destrataba a los arrogantes y poderosos, no era un dios sino una diosa disfrazada con ropa masculina. Justo lo que representa el carnaval: el mundo al revés, Y ello para denunciar durante tres locas jornadas al prepotente, reivindicando de paso, a pura risa y ruido, la perpetua humillación del débil.

En las carnestolendas contemporáneas las “llamadas”, que en sus orígenes barriales confrontaban maestrías en el arte del tamboril, están sujetas a los mandatos mediáticos de la T.V. También se ha difundido entre vastos sectores de la población montevideana la enseñanza de los distintos “toques” y por doquier surgen maestrazgos y cuerdas de tambores, cuya aculturación da cuenta de un verticalismo – mas de uno lo tildaría de municipal y espeso- que bastardea la espontánea participación popular, semejante a la ascensión capilar de las plantas.

De todos modos, sea cual fuere la puerta de entrada, la recepción jubilosa del tamboril y la reciente declaración de la UNESCO, que incorpora el candombe al patrimonio universal de la humanidad, configuran reconocimientos altamente significativos. El tamboril que vino del África hoy es de todos los uruguayos: en su toque nos reconocemos en las calles de nuestras ciudades y en las nostalgias de fronteras afuera.

Sería bueno que, del mismo modo, se borrara la línea de color y que los actos discriminatorios, conscientes o inconcientes, que todavía determinan el rechazo del compatriota negro en amplios sectores de nuestro pueblo dieran paso a un trato igualitario, suprimiendo así una encubierta , y a veces manifiesta, discriminación. Ese reconocimiento cabal de la hermandad humana, obrando mas allá del tono de la piel, de la pobreza crónica y las secuelas de un pasado maldito que pesan sobre la negritud, nos debería emparejar a todos los criollos de esta tierra en el disfrute compartido de derechos y en el cumplimiento solidario de los deberes. La mayoría de los uruguayos no escapa a una sarcástica contradicción: se apropian de los instrumentos festivos, aplauden los desfiles de las comparsas y celebran la estética visual y sonora de estos compatriotas,, pero cuando se le pregunta a ambos sexos si se casaría con una criatura de piel negra y pelo con motas, la respuesta no solamente es mayoritariamente negativa.

Solamente seremos mentalmente racionales, moralmente igualitarios y políticamente democráticos cuando nos liberemos del prejuicio “racial”. De no ser así los verdaderamente inferiores no serán los injustamente denigrados y discriminados, sino aquellos que desconozcan la humanidad legítima del “Otro”, sean cuales fueren el color de la piel, la historia étnica y la condición social que lo caracteriza.


Papá Baltasar

Como antes dije, las comparsas de negros se incorporaron a los carnavales uruguayos a fines del siglo XIX. En tiempos anteriores el negro solo era multitudinariamente visible –y risible- , cuando celebraba sus rituales y desfiles el día de Reyes, honrando a Baltasar. Digamos de paso que este personaje, anteriormente de piel blanca, fue transformado por la Iglesia Católica en un joven negrito al emprender la evangelización de los africanos. Pragmatismo puro, pues. Juego de mosqueta teológico, tantas veces practicado en los Concilios y Encíclicas Papales.

Lo mismo sucedió en las Misiones del Paraguay, Allí, con habilidad catequística, los jesuitas introdujeron un rey mago indígena, guaraní por supuesto, para contentar la demanda -no expresa pero adivinada - de los indios reducidos que oraban en derredor de los pesebres navideños.

Los esclavos entretenían a los amos montevideanos en los barullentos días de San Baltasar, pero ninguno de los curiosos espectadores, evocados por Isidoro de María , procuró aliviar la desdichada situación de sus gratuitos, exigidos, perpetuos sirvientes. Hoy, los que ostentan blancas epidermis, actúan muchas veces como los señores del desprecio y los dueños de la primacía mental y social. No es así. No debe ser así. El negro es nuestro semejante, nuestro conciudadano, nuestro prójimo, nuestro compañero en humanidad y dignidad.

Comencemos, a partir de la escuela, a enseñar a nuestros hijos y nietos que en la oscuridad no se ven los colores y que a la luz del sol todos somos de la misma especie y género, que compartimos un mismo destino y una misma misión en el planeta Tierra. Y que no hay razas sino, toda una gama de seres humanos que va desde los verdaderamente buenos, los privilegiados, a los hijos de ****, los despreciables. Y no pido perdón por la mala palabra, que hoy a nadie escandaliza, porque es el fiel reflejo de una cotidiana realidad.

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