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Memorial a las víctimas de la masacre de Nanjing: 300 mil caras con nombre y una vida que ya no está pero que no se olvida



Con el Programa 2024 del Centro de Prensa China – América Latina y el Caribe viajamos a la provincia de Jiangsu, donde recorrimos varias ciudades de esta y apenas arribados a Nanjing, corrimos a dejar nuestras maletas en las habitaciones porque a las 17 horas cerraba el Memorial a las víctimas de la masacre de Nanjing y es un lugar clave para conocer la historia de la ciudad.


Nuestro deseo de saber más sobre lo que sucedió a finales de 1937 fue tanto que no dejamos perder la única media hora que teníamos disponible para asistir al lugar, no había otra oportunidad, pero cuando algo te interesa es preferible media hora, antes que nada.


El Memorial está ubicado en el lugar donde los soldados japoneses enterraron miles de cuerpos, que con el tiempo se conoció como “La fosa común de los 10.000” y está compuesto por varios edificios y monumentos que se dejan ver durante todo el recorrido, divididos en tres partes principales: un área de exposiciones al aire libre, una sala en donde se exhiben restos óseos de las víctimas y otra sala donde se exponen documentos históricos, pero no voy a hablar de lo que vi, sino de lo que me transmitió; solo la infraestructura, al inicio te empieza adentrando en el pánico, para llevarte a lo más profundo y al final, volver a ver la luz tras unas escaleras.


El 13 de diciembre de 1937, el ejército imperial japonés ocupó Nankín (entonces llamado Nanking y capital de la República de China), la masacre duró aproximadamente seis semanas, que se volvieron el infierno para la población viviendo numerosas y desgarradoras acciones, que este recorrido te muestra tan crudamente para no olvidar, lo que fueron, atrocidades.


Caminando hacia el primer edificio, me acompañaban esculturas, que representaban sin la necesidad de ser leídas, momentos que no se pueden dejar pasar, una madre asesinada con su bebé amamantando, un niño cargando el cuerpo herido de un familiar, un hombre verificando el pulso de un niño tumbado en el piso, una familia huyendo con sus hijos, entre otros tantos, que te provocan querer gritar. Momentos después estaba en una sala, cuyas pequeñas luces solo alumbran rostros, los rostros de los 300 mil asesinados durante esas semanas, rostros que representaban una vida antes de su final, eran madres, padres, hijos, pero también mucho más que eso, podías sentir la risa de los niños acabarse, la ansiedad de los adultos por querer proteger lo que antes fue hogar, la impotencia de ver como arrasaban con todo lo que una vez tuvo armonía, las lágrimas que surgían tras violaciones cuando el cuerpo humano siempre debe ser tocado con amor, la vista secarse como si los incendios provocados hubieran sucedido frente a nuestros ojos, y la muerte respirándonos cerca por las masivas ejecuciones y torturas.


Tenía la piel erizada y la mirada quebrada mientras avanzaba hacia la siguiente exposición, donde me puso de pie en el lugar de los hechos, la representación de las casas destruidas, incendiadas y todo lo que ello deja, era tan real, que fue como haber viajado al pasado y solo alcanzás a preguntarte, cómo te hubieras sito vos, al ver tu mundo así. Continuando, habían armas y fotografías, de ejecuciones, heridos y muertos, tomadas por los mismo soldados japoneses durante sus acciones, como si no hubiese sido suficiente tanta crueldad, que debían retratarla; se exhiben objetos utilizados para torturar y violar, documentos y evidencia del apoyo que recibió entonces la ciudad, así como personajes que fueron claves para la supervivencia y que decidieron dejar su vida para ser ayuda, y luego estar de pie en la sala de exposiciones con forma de tumba, frente a restos óseos de las víctimas que fueron excavados en Jiangdongmen en 1985 y 1998. Uno acostumbra a ir a cementerios, a visitar familiares o amigos, pero solo vemos la fachada en la cual descansan, por primera vez estuve dentro, con ellos y no puedo describir lo que se siente, solo alcanzo a decir, que ojalá estén en paz.


Terminé el recorrido, observando murales con los nombres de las víctimas y frases de los sobrevivientes y entendiendo que la fortaleza de Nanjing viene de las vidas que se perdieron y de las que sobrevivieron y no permitieron que ese hecho sea olvidado, como Gao Ruqin, quien falleció a finales de mayo a sus 90 años, dejando así, la cifra de supervivientes vivos registrados en 34.


Gao, tenía solo tres años cuando tuvo que escapar de la muerte, a su lado su madre y su abuela fueron alcanzadas por disparos de los japoneses, su abuela falleció en el acto, más tarde su padre las llevó a un refugio, donde sobrevivió en base de avena. Su mensaje nunca fue el del odio, sino el de vivir en mundo con paz y seguridad. Desde el 2014 China conmemora el 13 de diciembre como el Día Nacional de las Víctimas de la Masacre de Nanjing y en 2015 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró el memorial como “Registro de la Memoria del Mundo”, junto a una decena de archivos históricos sobre la Masacre de Nanjing.


Las autoridades locales calcularon que la cantidad de habitantes se redujo a la mitad y un tercio de la ciudad fue destruida, pero renacieron de entre las ruinas y sin guardar rencor, no permitieron que el número 300 mil fuera olvidado, porque tenían nombres.

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