Virus 32

Por Gustavo Iribarne

El estreno de “Virus 32” da lugar a varias apreciaciones. La primera tiene que ver con la bienvenida que podría suponer esta etapa en donde el cine nacional ha logrado superar posibles prejuicios para encarar todo tipo de géneros en la pantalla grande. Desde hace tiempo varios realizadores -incluyendo al propio director de este filme, Gustavo Hernández han aceptado el desafío de romper ciertos esquemas para embarcarse en proyectos que hacen a la ciencia ficción, el terror y/o la comedia entre otras propuestas que toman distancia de lo que parecía ser un modelo inaugurado por Control Z del que pocos cineastas, en principio, se apartaban.




Esto no significa desmerecer el aporte de títulos valiosos que, a lo largo del tiempo, han puesto al Uruguay en el mapa de la cinematografía internacional. Desde títulos como “25 Watts”, “Whisky”, “La perrera”, “Alma mater”, “El baño del papa”, “El cuarto de Leo” o “Los modernos” por citar algunos, nuestro país ha ofrecido una selecta gama de producciones que no tienen nada que envidiar a propuestas de otras latitudes. Pero, en ese entonces, quizás faltaba abrir el abanico para con realizaciones que se escaparan de cierto “costumbrismo” audiovisual. Un debe que comenzó a pagarse con filmes que no tuvieron pudor en apostar al cine comercial como “Mi mundial”, al suspenso terrorífico de “La casa muda” (del propio Hernández, que supuso un insólito éxito de rentabilidad), a la rareza incómoda de “Ojos de madera”, a la versión uruguaya del giallo con “Al morir la matinée”, el futurismo distópico de “Ojos grises”, la hilarante fantasía de “Muerto con gloria” o la sofocante angustia de “En el pozo”.



Hoy por hoy, al visualizar el pulido técnico/profesional con que se asume el rodaje de un largometraje como “Virus 32” uno no puede menos que tomar conciencia del avance que los realizadores han logrado desde aquel entonces, cuasi experimental, donde productos como “La historia casi verdadera de Pepita la pistolera” o “Una forma de bailar” parecían abrir una puerta al cine nacional de calidad.

Esa evolución, apadrinada por un avance tecnológico cada vez más acelerado, en este caso se nota a través del rigor con que Hernández plantea su historia, desde un comienzo, con un envidiable juego de cámara, una acertada síntesis introductoria y la breve pero atinada presentación de los personajes.

Es un filme tenebroso, por cierto. Una vuelta de tuerca al tema zombies, proponiendo una rabiosa epidemia que vuelve violentamente agresivos a los infectados, a los que deja en letargo durante treinta y dos segundos luego de masacrar a su víctima.

Para esta historia, el cineasta no escatima en truculencias varias (tomando prestada alguna idea que ya aparecía en “Dawn of the dead” de Zack Snyder), asumiendo que el público ya sabe que no hay que pedir muchas explicaciones sobre los orígenes de estas epidemias siniestras y dando por descontado que hay que huir de los contaminados o morir en el intento.

En este caso, la trama se concentra en una mujer -acompañada por su hija- que oficia como guardia de seguridad del desmantelado Club Neptuno (un contexto ideal para el carácter macabro de la historia narrada).

En medio de una noche como otras, el infierno se desata y la protagonista debe proteger a su hija y sobrevivir en ese laberinto abandonado por el que circulan estos incontrolables apestados.

En esa enorme unidad espacial, la visión directriz de Hernández logra generar un ritmo de vértigo con muy buen pulso, aprovechando al máximo cada rincón de un lugar que pareciera haber sido concebido, en su estado actual, para la filmación de esta película.


Por cierto que también hay que destacar la excelente actuación de Paula Silva como la impensada heroína que hace frente al desastre, una presencia que ya había demostrado su talento a través del filme “En el pozo” por el que obtuviera el premio de la A.C.C.U. como


Mejor Actriz en el año 2019 y que vuelve a repetir su capacidad en nuevo registro.

Obvio, es una sanguinolenta película de terror que promueve saltos en la butaca, dirigida a los incondicionales del susto, que no le hace asco a la crudeza de algunas imágenes y asume su condición de género con total franqueza. O sea que la advertencia a los navegantes/espectadores queda hecha. Ustedes deciden.


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