Zelenski como biombo para la rehabilitación del nazismo.

Por Oleg Karpovich.


La guerra de información desatada contra Rusia tras el comienzo de la operación militar especial en Ucrania, ya hace tiempo que desbordó todos los límites éticos. Uno de los métodos cínicos usados por sus promotores fue la manipulación de la tan mentada “cuestión judía”. Los ideólogos empeñados en la denigración de Moscú, siguiendo las mejores tradiciones de la propaganda de Goebbels, intentan trastrocarlo todo, teniendo presente que “la mentira repetida mil veces pasa a ser verdad”. En la imagen del mundo por ellos creada los nazis son presentados como unos héroes que “libran la batalla por la libertad y la independencia”, al tiempo que los luchadores contra el nazismo son presentados como “agresores” y “ocupantes”.


Vice Rector de la Academia Diplomática del MAE de Rusia


Se llega a lo absurdo. Apelando a los instintos más bajos de los filisteos, comparan con el Tercer Reich a Rusia que había ofrendado decenas de millones de vidas para derrotar la Alemania nazi, mientras al régimen kievita que durante años favoreció al neonazismo lo hacen pasar por algo así como “movimiento de resistencia”, especulando activamente con el origen judío de Vladímir Zelenski.. Tal como en las obras de George Orwell.


Como cualquier mentira, esta campaña de desinformación utiliza como puntos de referencia algunos hechos irrebatibles que luego son desvirtuados. En efecto, en la vida política, económica y cultural de Ucrania los judíos históricamente desempeñan un papel bastante relevante. En muchas provincias, sobre todo al sureste del país, tradicionalmente forman una notable parte de la elite intelectual y artística. Es sintomático que la comunidad judía de Ucrania, habiendo atravesado todas las conmociones del siglo XX, no haya perdido sus señas de identidad únicas y preservado unos vínculos sólidos con la Tierra Prometida y las diásporas por todo el mundo.

Estas señas de identidad se basaban no sólo en los factores étnicos o religiosos, sino también en la trágica experiencia histórica. Fueron precisamente los judíos de Ucrania quienes en mayor grado sufrieron de las hordas nazis en los años de la Gran Guerra Patria (1941-1945) y fueron objeto de exterminio físico perpetrado, entre otros, por los colaboracionistas locales, tales como el Ejército Insurgente de Ucrania, la Organización de Nacionalistas Ucranianos, la Sich de Polésie, etc.


Sólo una inquebrantable voluntad y la ayuda del Ejército Rojo impidieron que los inhumanos planes de los nazis y sus fautores se hicieran realidad. El recuerdo de aquellos horribles tiempos también hoy aglutina a los judíos de Ucrania fieles a sus tradiciones y a la herencia histórica. La herencia que a lo largo de los treinta años últimos y, sobre todo, tras los sucesos de 2014, procuraron despiadadamente profanar y eliminar los extremistas y nacionalistas al declararse sucesores de Stepán Bandera y Román Shujévich, fautores del Holocausto.


Hace tres años, Zelenski ganó las elecciones en primer lugar merced a los votos de los ucranianos cansados de la glorificación del nazismo y la profanación de la memoria de la Gran Guerra Patria bajo el presidente anterior. Los ucranianos esperaban sinceramente que Zelenski no sólo diera unos pasos decisivos para establecer la paz en Donbás sino también prohibiera a los grupos neonazis que, poseyendo el status de veteranos del Maidán y de la “operación antiterrorista” (otra definición al estilo de Orwell) gozaban de inmunidad e impunidad. Pero al asumir el cargo, Zelenski optó por el camino de menor resistencia.


Prefirió hacer la vista gorda de las marchas nazis con antorchas que de año en año cobraban envergadura y de la fraseología del odio que se oía cada vez con mayor fuerza en Kiev. Mientras las importantes ediciones mundiales (por ejemplo, la revista Harper’s Magazine) escribían sobre el ambiente de odio e intolerancia generado por los neonazis en las ciudades al noroeste del país, concretamente, en Úzhgorod, sobre los ataques de los neonazis contra los activistas en la capital, el equipo de Zelenski machacaba que las fuerzas que estaban detrás de estos acontecimientos eran políticamente marginadas y, supuestamente, no representaban amenaza alguna.

Los líderes de los grupos neonazis como ‘Azov’ (que ha convertido hoy Mariúpol en una nueva Stalingrado), С14, de los ‘Escuadrones Populares’ aclamados por el ayuntamiento de Kiev, del partido ‘Pravy Sektor’ gozaban del régimen de “personas más favorecidas”. Decenas de organizaciones de ultraderecha que ni pretendían disimular su racismo y antisemitismo, establecían estrechos vínculos con sus correligionarios en el extranjero.


Ucrania no tardó en convertirse en el centro de la internacional nazi.

La inimputabilidad de sus ideólogos y la permisividad de que gozaban se desentonaban estridentemente de los resultados que las fuerzas políticas próximas a los nazis obtenían en las elecciones. La sociedad ucraniana los rechazaba resuelta y consecuentemente, mientras la elite política y oligárquica de Kiev los estimulaba cínicamente para intimidar a los oponentes y prepara la solución definitiva de la “cuestión de Donbás”.


En esta situación, el judío Zelenski, nieto de veteranos de la Gran Guerra Patria, resultó ser un biombo perfecto, detrás del cual se podía encubrir el deslizamiento del país hacia los ‘valores’ de los criminales de guerra ucranianos al servicio de los nazis. En vez de preservar solícitamente la memoria de los dramas históricos de su pueblo, Zelenski hacía alarde de su origen étnico como de un salvoconducto, encubría la transformación de Ucrania en un Estado en que los judíos podían enfrentarse a la amenaza de nuevos pogromos.


Y no es una exageración. En 2018, los ultras del grupo С14, con la connivencia de las autoridades locales, desarticularon y quemaron los campamentos gitanos en Kiev. Sólo nos queda adivinar qué otros designios abrigaban los neonazis ucranianos. Es muy probable que precisamente la intervención de Rusia y los esfuerzos por eliminar estos grupos de criminales neonazis hayan salvado a los judíos locales de una nueva cadena de sucesos trágicos.

Pero el delito principal cometido por Zelenski contra su pueblo fue el intento de borrar la memoria de sus sufrimientos y victorias en los años 40, suplantándola por una versión revisada de la historia.


Durante decenios, los habitantes de Ucrania, indistintamente de su origen étnico, sean rusos, judíos, gitanos, rumanos o húngaros, honraron los recuerdos de la hazaña del pueblo soviético que se había interpuesto en el camino del Tercer Reich, destruyó esta máquina infernal, había detenido el Holocausto y liberado a Europa de este mal para siempre, según parecía en aquel entonces. Revisando hoy la historia, procurando echar al olvido el pasado heroico y presentando a la opinión pública a nuevos “héroes” que antaño vestían orgullosos el uniforme nazi, las autoridades kievitas buscan obligar a la joven generación de los ucranianos a avergonzarse de la Gran Victoria y simpatizar con los invasores.


En el espíritu que responde a la época actual de postverdad, precisamente un hombre de origen judío fue elegido para poner en práctica esta línea inmoral. Atendiendo a sus llamamientos, incluso muchos países que combatieron con la Alemania nazi, destinan hoy dinero para ayudar y armar a los batallones de los neonazis que se enfrentan con los herederos del victorioso Ejército Soviético.

Tarde o temprano, esta locura terminará. Pero para acelerar su terminación, deben alzar su voz quienes sufrieron más que otros del nazismo y jurar que impedirán el retorno a la política de los adeptos de esta ideología inhumana.

Según reza la Biblia, “el que peque, y no se arrepienta, será expulsado” (DyC 42:28). El Presidente Zelenski pecó muchas veces, mintiendo en su país no hay nazis. Traicionó a su pueblo descarada y ostensiblemente. Por supuesto, sólo los ciudadanos de Ucrania pueden expulsarlo, pero todos nosotros podemos ayudarles, no sigilando este problema y hasta en medio de una confrontación sin precedentes permaneciendo fieles a sus convicciones y guardando la sagrada memoria de los sufrimientos y hazañas de nuestros antepasados.

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